Dos fotografías, un planeta

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Salid de la Tierra, 24 de diciembre de 1968, por los tripulantes del Apolo 8.

 

En nuestra actualidad sobre saturada de imágenes las 24 horas del día, es difícil tratar de imaginar el impacto que ciertas fotografías han tenido en la historia. Tal vez la fotografía más famosa de todas sea la llamada “Earthrise” (que podríamos traducir como “salida de la Tierra), tomada por el astronauta William Anders durante la misión Apolo 8, la primera que misión tripulada que orbitó la Luna. Lo más sorprendente es que, como muchas de las mejores fotos, no fue planeada.

El 24 de agosto de 1968, los astronautas Frank Borman, James Lovell y William Anders daban vueltas alrededor de la Luna, con su nave orientada hacia atrás (es decir, no podían ver lo que iba apareciendo delante de ellos) observando detenidamente la superficie llena de cráteres y fotografiándola.

A mitad de esa tercera órbita hicieron una maniobra de giro, para voltear la nave hacia el frente de la trayectoria que recorrían, y fue entonces cuando la Tierra apareció sobre el horizonte lunar, algo que ningún ser humano había contemplado nunca. Tuvieron apenas 3 minutos para recuperarse de su sorpresa y capturar la imagen.

En el 2013, la NASA hizo un vídeo que muestra lo que los astronautas vieron en ese momento y lo une con las voces grabadas de la misión para simular lo que ocurrió en ese momento. Esto fue posible usando fotografías y datos del Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO) y comparándolos con la serie de fotografías stereo tomadas automáticamente cada 20 segundos por una cámara ubicada en una de las ventanillas. Al comparar estas fotos con un modelo computarizado de los datos del LRO se puede la orientación que tuvo la nave en aquel momento y la hora en que fueron tomadas las fotos.

 

En el vídeo podemos escuchar la sorpresa en las voces de los astronautas, y también notar como en los 60s la fotografía ya estaba muy firmemente integrada en nuestra visión del mundo. Las primeras palabras de Anders al ver la Tierra son: “Oh my God! Look at that picture over there!” (“Dios mío, mira la foto que hay ahí”). Muchas décadas antes de Instagram ya se percibía el mundo en términos de su valor fotográfico.

En el audio escuchamos la prisa de los tres astronautas por obtener la foto de una escena que iba a desaparecer de un momento a otro. La cámara era una Hasselblad 500 EL modificada, con motor de avance automático del rollo y un anillo de mira en lugar de un visor reflex normal. Usaba película de 70 mm, en lugar del rollo normal para formato medio de 6 cm, porque eso le permitía usar rollos que permitían hasta 75 disparos, en lugar de los 12 normales.

La primera foto que toman es con la película de blanco y negro que tenían en la cámara y después empieza una búsqueda urgente para encontrar un magazine con película en color. Lo que sigue hubiera sido un gran comercial para la Hasselblad, gracias al sistema modular de magazine, pueden pasar en segundos del rollo de blanco y negro al color en la misma cámara (la película en color era una emulsión Ektachrome especial, fabricada por Kodak. Quienes no estén familiarizados con las cámaras de película de formato medio pueden informarse aquí.

Hay muchos aspectos que hacen a esta fotografía especial, aunque nosotros ya no podamos recuperar el asombro que sintieron los astronautas, o el  público que la vio por primera vez. Notemos en principio la fecha, los últimos días de 1968. Terminaba un año caracterizado por revueltas, Martin Luther King y Robert F. Kennedy habían sido asesinados; Checoslovaquia, país aliado de la Unión Soviética, había sido invadida por ésta, como castigo por alejarse de la ortodoxia comunista; en México, el presidente Díaz Ordaz ordenó que el ejército disparara contra los estudiantes reunidos en la Plaza Tlatelolco; es la época de la Guerra Fría, pero también de los hippies y el flower power, es la época en que nacen los movimientos ambientalistas modernos.

La hermosa esfera azul, flotando como un oasis en medio del aparente vacío extraterrestre, ensombrecida por la Luna, proyecta una sensación de gran fragilidad. La superficie lunar, llena de cráteres y rocas sin vida, hace resaltar como una joya la tersa y delicada atmósfera terrestre. Por primera vez en la historia, el ser humano tuvo un punto de vista con la perspectiva adecuada para entender la extremada rareza del planeta que le dio origen, y su gran vulnerabilidad.

Como en el famoso verso de Christopher Marlowe, este es el rostro que lanzó miles de movimientos ambientales por todo el mundo en las décadas siguientes. Ninguna otra imagen podía resumir mejor la arbitrariedad de las fronteras políticas, la interdependencia de los ecosistemas del planeta y la urgente necesidad de protegerlos.

Un poco después, en 1977 (hoy hace exactamente 40 años), la NASA lanzó al espacio la sonda Voyager 1, el primer objeto hecho por el hombre que viajó (y viaja todavía) más allá de nuestro sistema solar, y que contenía un disco de oro con textos y música, en caso de que algún ser inteligente la encontrara en su recorrido. Gracias a sus cámaras, pudimos entonces tener una perspectiva aún más lejana de nuestro planeta. Carl Sagan solicitó a la NASA que al cruzar el límite del sistema solar la sonda volteara sus cámaras hacia la Tierra y la fotografiara desde ahí, a 6 mil millones de kilómetros de distancia. La imagen resultante no le llamaría la atención a nadie que no conozca el contexto. En ella, la Tierra mide menos de un pixel, es un pequeño punto azul pálido.

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Un punto azul pálido, NASA, 1990.

 

Sagan puso en palabras inmejorables el significado ese punto:

Desde este lejano punto de vista, la Tierra puede no parecer muy interesante. Pero para nosotros es diferente. Considera de nuevo ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestra casa. Eso somos nosotros. Todas las personas que has amado, conocido, de las que alguna vez oíste hablar, todos los seres humanos que han existido, han vivido en él. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de ideologías, doctrinas económicas y religiones seguras de sí mismas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño esperanzado, cada inventor y explorador, cada profesor de moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie ha vivido ahí —en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.
La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de una esquina de este píxel sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo… Todo eso es desafiado por este punto de luz pálida. Nuestro planeta es un solitario grano en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos.
La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, y formadora del carácter. Tal vez no hay mejor demostración de la locura de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amable y compasivamente, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido.

Puedes escucharlo en su propia voz aquí:

 

Tal vez lo más valioso que la humanidad ha encontrado hasta ahora explorando el espacio haya sido una mejor imagen de la Tierra, un sentido un poco más claro de nuestro lugar en el Universo. ¿Pensaríamos igual sobre nuestro planeta si no hubieran existido estas dos fotografías? ¿Si sólo hubiéramos tenido datos para entenderlo?

Francisco Cubas

 

 

 

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