De amistad e incertidumbre

René Char y Martin Heidegger a finales de los años 60s, fotografiados por Roger Munier, escritor y traductor francés amigo del filósofo alemán.

La imagen de arriba es descrita por Milan Kundera en un ensayo de su libro Un encuentro (2009):

Miro la foto de René Char al lado de Heidegger. El primero, célebre resistente contra la ocupación alemana. El segundo, denigrado por las simpatías que, en determinado momento de su vida, sintió por el nazismo naciente. La foto está fechada en los años de posguerra. Se les ve de espaldas; una gorra en la cabeza, una grande, la otra pequeña, paseando en plena naturaleza. Me encanta esta foto. 

En otro párrafo anterior llega a esta conclusión sobre la amistad:

En nuestros tiempos aprendimos a someter la amistad a lo que suele llamarse las convicciones. Y lo hacíamos con el orgullo de actuar con rectitud moral. Es necesaria una gran madurez para comprender que la opinión que defendemos no es más que nuestra hipótesis favorita, a la fuerza imperfecta, probablemente pasajera, que sólo los muy cortos de entendederas pueden tomar por una certeza o una verdad. Contrariamente a la pueril fidelidad a una convicción, la fidelidad a un amigo es una virtud, tal vez la única, la última. 

Yo conecto este pasaje con la siguiente respuesta de Jorge Luis Borges durante una entrevista realizada para la televisión española en 1980, cuando acababan de darle el Premio Cervantes. Tras comentar  su poema El remordimiento, escrito dos días después de la muerte de su madre, explica:

Yo creo que cada vez que muere alguien uno inevitablemente piensa “no me hubiera costado nada ser más bueno” y sin embargo uno no lo ha sido, uno ha insistido en tener razón (lo cual es una mezquindad), en discutir… uno debería tratar de no tener razón en las discusiones, es una descortesía, una crueldad tener razón. 

Kundera se refiere a las grandes razones políticas, a los dogmas ideológicos que llenaron de muerte el siglo XX; Borges a las pequeñas razones privadas, que llenan de miseria cotidiana nuestras vidas; pero en ambos casos deploran el supeditar la amistad o el cariño al intelecto, a nuestras engañosas y efímeras certezas. Tener la razón es “comprobar” la superioridad de nuestras ideas frente al otro. Pero ¿qué son nuestras ideas sino un amasijo de asuntos que han rodado desde el principio de los tiempos, hipótesis y suposiciones que pescamos azarosamente para formularlas de manera supuestamente novedosa? ¿Qué son nuestras ideas sino un reflejo de las limitaciones de nuestro vanidoso intelecto frente al tiempo? Si algo podemos aprender de la Historia es que lo más frágil y dañino en el hombre son sus certezas. No se erigen campos de exterminio ni se declaran guerras santas en base a las dudas. Las dictaduras públicas y privadas tienen como cimiento las certezas.

Lo anterior no quiere decir que sea posible un mundo idílico en el cual se anulen las enemistades y todos nos demos la razón unos a otros; caminamos por este mundo rodeados por multitudes de personas a las que nunca nos acercará nada. Quiere decir que un amigo, un familiar o una pareja son algo mucho más valioso y más nuestro que cualquier idea, que cualquier razón.

Curiosamente, Borges y Kundera expresan esta visión a una misma edad: los 80 años. Los desengaños de toda una vida están detrás de la lección que estos dos artistas nos proponen.

Francisco Cubas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s