Los rituales del prólogo

Maravillas que son, sombras que fueron. La fotografía en México. Carlos Monsiváis, Editorial Era. Edición rústica con solapa, 272 páginas más 64 de fotografías en blanco y negro.

La reciente Feria del Libro de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco puso en mi camino Maravillas que son, sombras que fueron, una recopilación póstuma de los textos de Carlos Monsiváis sobre fotografía que apenas va a ser presentado oficialmente en la Feria del Libro de Guadalajara que comenzó hoy. No pude resistirme a comprarlo y conocer sus opiniones sobre varios de los autores que admiro, a pesar de que nunca he disfrutado leer al gran cronista mexicano.

No ha sido por falta de buena voluntad; como a tantos alumnos de Comunicación, su figura me deslumbraba en aquella década de los 90s, cuando todo estudiante progresista que se respetase tenía que acudir a las aulas con La Jornada y Proceso como símbolos bajo el brazo. Me obstinaba en descifrar sus burlas a políticos y periodistas en su farragosa columna Por mi madre bohemios, seguí su polémica con Octavio Paz (a quien yo admiraba aún más) en las páginas de Vuelta e intenté leerlo en cualquiera de las múltiples publicaciones donde escribía, las cuales parecían no tener límite (recuerdo a una revista rockera que se anunciaba con este sarcástico slogan: La única revista donde no publica Monsiváis).

Y sin embargo, a pesar de mi admiración hacia su postura crítica y sus posiciones políticas sus textos nunca lograron atraparme. Leyéndolo me parecía obvio que estaba ante un autor inteligentísimo que había leído todos los libros, pero que disipaba su enorme talento en el vicio de las pirotecnias verbales. Sentía ante su admirada e imitada prosa exactamente lo que explica Borges en este párrafo de Siete Noches:

El hecho de una retórica que se interpone es desgraciadamente frecuente. La retórica debería ser un puente, un camino; a veces es una muralla, un obstáculo. Lo cual se observa en escritores tan distintos como Séneca, Quevedo, Milton o Lugones. En todos ellos las palabras se interponen entre ellos y nosotros.

Tras leer Maravillas que son, sombras que fueron concluyo que mi incompatibilidad con su prosa es persistente y que el maestro no entendía mucho de fotografía.

Caminos de la crítica

Hay dos formas antagónicas de aproximarse a una obra: por sus circunstancias externas (biografía del autor, situación histórica personal) y por la obra misma, el análisis y confrontación de su estructura y de su lugar en la historia de su disciplina. El primer método es más popular y entendible, ya que puede echar mano de anécdotas y dramatizaciones, además de tener disponible un arsenal de teorías tan célebres como el marxismo y el sicoanálisis. El segundo, hecho por entendidos en arte, suele exigir un poco más del lector, pero a mi entender pone a la obra en el contexto más adecuado para su comprensión o disfrute. Monsiváis, maestro de la crónica sociológica, elige por supuesto la primera opción.

Pocas cosas más arduas en la escritura que enfrentarse a las imágenes. Contrario al cliché publicitario que predica que una imagen vale por mil palabras, las grandes imágenes suelen dejarnos sin habla. Escribir sobre fotografías es aún más arduo porque la aparente transparencia del medio es en realidad un manto de opacidad tras el cual se oculta su estructura primordial. La mayoría de las personas aceptarían sin problemas que les dijéramos que necesitan mejorar su lectura de comprensión, muy pocas aceptarían que les dijéramos que tienen que aprender a ver una fotografía. Todos tenemos dos ojos ¿cómo no voy a poder ver lo que está en una foto? Y sin embargo ahí están las historias de invidentes a quienes la medicina ha devuelto la vista, y que ante la complejidad que implica el acto cotidiano de la visión han pedido volver a perder la vista o incluso han intentado el suicidio. La visión es un acto muy complejo que realizamos sin esfuerzo aparente porque lo hemos aprendido desde niños, pero existen diferentes grados; la visión mecánica que usamos todos para cruzar semáforos y practicar deportes es apenas un nivel básico, que se supera a base de un aprendizaje paciente y disciplinado. La fotografía, con su simulación casi perfecta de lo real, esconde mil trampas para nuestra visión.

Evasiones en busca de un texto

Ante el enigma que nos plantea el espejo fotográfico siempre queda la opción ya mencionada, echar mano de lo circunstancial. En el 2002, cuando Monsiváis publica Los ojos dioses del paisaje en Proceso, ya se habían acumulado un buen número de estudios críticos sobre la obra de Manuel Álvarez Bravo, y sin embargo el escritor los ignora, y nos presenta al fotógrafo como un producto del llamado “Renacimiento mexicano” apoyándose en citas de Rivera, Villaurrutia, Weston y Modotti. También nos endilga galimatías como este:

Alguien, algo, la circunstancia o el presagio han abandonado el jacal, la bicicleta, la mujer embarazada, la vendedora, el anuncio, la ladrillera, para que Álvarez Bravo las descubra y les añada su manejo de sombras y su desconfianza instintiva ante las señales de poder y la santa autoridad.

El muy laico Monsiváis no encuentra mejor explicación para una obra singular que ese “alguien” o “algo” que se parece sospechosamente a la Providencia. Revisando las fechas de los textos uno entiende por qué el gran cronista ignoró las contribuciones de los críticos sobre Álvarez Bravo: una gran parte de lo publicado en ese artículo de Proceso en el 2002 aparece ya en el texto Notas sobre la historia de la fotografía en México que escribió para el catálogo de la Bienal de Fotografía de 1980. Este copy-paste se repite en Quietecito, por favor, prólogo al libro Foto Estudio Jiménez: Sotero Constantino, fotógrafo de Juchitán publicado en 1983, en el que muchos de sus párrafos están también calcados del ya citado “Notas…“. Un mecanismo similar hace que gran parte de los textos Los hermanos Mayo: las variedades de la experiencia histórica y Héctor García: esquina con la gran ciudad, aparezcan luego pegados como parte de El fotoperiodismo, la historia se hace a cualquier hora, prólogo al libro Autorretrato del periodista mexicano, de Luis Jorge Gallegos. Como se dice entre los artistas: el maestro se administraba.

Ante la duda, usa el lugar común

Los lugares comunes, aunque más escasos que en otros textos de escritores sobre fotografía, también manchan la prosa de Monsiváis, vayan unos cuantos de muestra: “cazadores de imágenes”; “es el impulso que la sutileza de plata y sales les otorga a los personajes”; “es notable la maestría en el uso de la luz”; “mientras la luz salva al cuerpo del naufragio de la oscuridad”.

En la segunda lectura del libro, noto que Carlos Pellicer es el poeta más citado en estos 26 textos (más de la mitad son prólogos a libros), con al menos seis apariciones, lo cual estaría muy bien (Pellicer es un poeta muy visual) si algunas de ellas no fueran bastante forzadas, como cuando las fotos en color de Mariana Yampolsky le evocan el conocido verso “hay azules que se caen de morados” o cuando en las de Pedro Meyer aparece, gratuitamente ya casi al final, “…mudo espío/ mientras alguien, voraz, a mí me observa”.

¿El fotógrafo al que dedicó más páginas? Yolanda Andrade, que se lleva 11 en el prólogo de Los velos transparentes, las transparencias veladas, libro fantasma publicado por el gobierno de Tabasco en 1988 para ser guardado en bodegas hasta perderse, gracias a la arraigada costumbre de las mudanzas sexenales.

Los críticos que cita el maestro en estos 26 textos son apenas tres: Susan Sontag, Roland Barthes y Harold Rosenberg. Ninguno de ellos fue especialista en fotografía, aunque Sontag y Barthes escribieron cada uno por su lado dos libros que fueron una gran influencia para los estudiosos del medio. Y por supuesto están las previsibles citas de Goethe, Picasso y Horacio asociadas frecuentemente con la fotografía: “Detente momento, eres tan bello”; “Yo no busco, encuentro” y “Carpe diem”. Son precisamente las citas lo que a mí me ha divertido más de los textos de Monsiváis, él siempre las distribuía en tres formas: con entrecomillado y atribución al autor; con el puro entrecomillado, dejando al lector la tarea de dar con el autor (en los tiempos pre-Google aquello tenía más chiste) y disimuladas entre una frase propia como esta, que mezcla a Borges con Rulfo: “A mí se me hace cuento que empezó Comala”. Algunos ejemplos tomados por azaroso gusto: “Cuerpo de mujer te pareces al mundo en tu actitud de entrega” (Neruda); “sitiado en su epidermis” (Gorostiza); “en el flujo de trueques que van a dar a la mar que es el email” (Manrique); “ni tan blandos por fuera que se dirían todos de algodón” (Juan Ramón Jiménez); “la muerte toma siempre la forma de la alcoba que la contiene” (Villaurrutia); “si un tiempo fuertes, ya desmoronados” (Quevedo). Para quien guste de las trivias, en el texto Prólogo a manera de foto fija, dedicado a los Casasola, se esconde la cita de una canción que hiciera famosa Billie Holliday.

Reiteraciones y mistificaciones

Los que resultan menos simpáticos que las citas son ciertos tics y muletillas que resaltan en este libro por ser una colección de textos que el autor ya no tuvo oportunidad de revisar en su edición conjunta, y que, podemos imaginar, fueron escritos con premura (no se puede publicar tanto sin exponerse a ciertos riesgos). Hay ciertas repeticiones que resultan muy evidentes, por ejemplo: “Los Mayo no discriminan ni jerarquizan” (pág 93);  “Herrera no discrimina” (pág 117); “Yampolsky no discrimina” (pág. 131); “Graciela no jerarquiza” (pág 14); “Diane Arbus… no discrimina” (pág. 187); e incluso “El Zócalo no discrimina” (pág. 218). Queda claro que la discriminación y las jerarquías ofendían hondamente el progresismo del maestro.

La atribución de voluntades y conceptos al autor en turno, así como la mistificación del mismo se entiende (aunque no se justifica) por la necesidad del cronista de poner en acción a un personaje. Enfrentado a la inmovilidad de las imágenes, el cronista convierte al autor en héroe de ocasión. Léase por ejemplo el texto Los hermanos Mayo: las variedades de la experiencia histórica. “En el desempeño periodístico los Mayo son y deben ser ubicuos”, a esta hipérbole de estirpe macondiana, que sirve para apuntalar la visión fabulosa de unos hermanos que atestiguan y registran nada menos que la Historia de México (así con mayúsculas, porque como siempre se confunde la Historia de la Ciudad de México con la del país) le sigue una serie de atribuciones altamente debatibles: “Ellos no se sienten meros intermediarios entre la realidad y las publicaciones; son colaboradores de la pequeña historia y de la Historia”; “Los Mayo no discriminan ni jerarquizan, salen a fotografiar con el convencimiento de que nada les resulta indiferente”; “Los Mayo no aceptan las escalas valorativas del prejuicio”; y cerramos con “se propusieron desde un principio contrarrestar en algo la industria del olvido”. Ni una sola palabra de las limitaciones técnicas que moldearon su trabajo y sobre todo, del contexto en el que fueron publicadas sus fotografías ¿Qué lugar ocupaban en las páginas de aquel entonces? ¿Cómo se comparaban sus diarios con el resto de las publicaciones? ¿Qué tanto modificaban los pies de foto y los textos circundantes el significado de esas fotografías? ¿Qué tanto destacaban entre las fotografías de sus contemporáneos? Nada de esto preocupa a Monsiváis, ocupado en contarnos la historia de unos fotoperiodistas de película.

Los límites del sabio

La omnisapiencia tiene sus límites. Incluso Octavio Paz, uno de los más lúcidos lectores de poesía que ha tenido México fracasó en su propio terreno, al interpretar erróneamente en uno de sus libros más ambiciosos los versos de Sor Juana (especialistas en poesía barroca como el extraordinario Antonio Alatorre se encargaron de hacérselo ver). Cómo no iba a fracasar Monsiváis en sus textos sobre fotografía, un arte joven que le resultaba ajeno.

De cierta manera, los escritos periféricos de Reyes, Paz, Monsiváis, representan las limitaciones de la academia en buena parte del siglo XX mexicano. Maestros del lenguaje, los tres aceptaron o emprendieron tareas que no les correspondían como escritores y para las cuales no siempre estuvieron debidamente preparados. Todavía hoy en muchos círculos culturales y en muchas capitales estatales se cree que un novelista o un poeta son los más indicados para analizar, prologar o presentar la obra de un pintor, un escultor, un fotógrafo (y esto también tiene su lado comercial, venda más el nombre de un escritor famoso que el de un oscuro especialista). Erróneamente se piensa que quien es competente en el lenguaje de la ficción puede usarlo con igual éxito para cualquier cosa. Este libro es un argumento contra ese dislate.

Francisco Cubas

PD: Quienes quieran aproximarse al estudio de la fotografía en México harán mejor en leer a especialistas como José Antonio Rodríguez o John Mraz, los dos primeros nombres que me vienen a la mente entre los varios profesionales serios que se ocupan del tema en nuestro país.

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