La visita del unicornio

Autorretrato con sombrero. Carlos Jurado, 1974.

El Festival Ceiba de este año ha traído para los fotógrafos de Tabasco un verdadero lujo: el poder asistir a sendas conferencias de Carlos Jurado y Pedro Meyer, dos protagonistas históricos de la fotografía en México. Difícilmente podría concebirse a dos fotógrafos tan disímbolos, que son un buen ejemplo de la impresionante diversidad del mundo de las imágenes de luz.

Me ocuparé en esta ocasión del maestro Jurado, ya que su charla está a la vuelta del día (es este jueves 17 de octubre a las 19:00 horas, en el auditorio del Museo Regional de Antropología, en la zona CICOM).

Carlos Jurado nació en San Cristóbal de las Casas en 1927. Hombre inquieto e inclinado al arte desde siempre, tuvo una breve estancia en “La Esmeralda” del INBA en 1944, donde fue alumno de María Izquierdo, Antonio Ruiz “El Corso” y Diego Rivera. En la década de 1948 a 1958, se alistó en la Marina Mexicana y después de navegar tres años en el Pacífico comenzó a pintar; como miembro foráneo del Taller de Gráfica Popular participó en colectivas de estampa en Europa, Asia y América; trabajó en el Instituto Nacional Indigenista junto a la escritora Rosario Castellanos en comunidades indígenas de los Altos de Chiapas; pintó el mural Fray Bartolomé de las Casas en la antigua Escuela de Derecho de San Cristóbal de las Casas. Desarrolló una intensa vida profesional, con muestras nacionales y en el extranjero, como la III Exposición Internacional de Grabado de Ljubljana, Polonia, junto a Corneille, Dubufett, Ernst, Hartung, Picasso, Matta, Soulages y Tamayo. En 1961 la Revista de Bellas Artes lo incluyó entre los siete pintores jóvenes más destacados. Viajó a Cuba, fue atrezzo del Ballet Nacional, se incorporó a la milicia en Santiago y trabajó en la Universidad de Oriente, donde conoció a Chichai, su segunda esposa. En 1967 viajó por Centroamérica y fue encarcelado en Pavón, Guatemala, por “distribuir propaganda subversiva”. Una campaña de intelectuales encabezada por Rosario Castellanos logró su liberación.

Como podemos apreciar por los datos anteriores, Carlos Jurado ya era un personaje destacado en la plástica nacional e internacional cuando en 1971 (o 1972, las fuentes no se ponen de acuerdo), su pequeña hija Zinzuni le pidió ayuda para una tarea escolar: explicar el proceso de la cámara oscura. Entre los dos hicieron una cámara de cartón que terminaría siendo mucho más importante para el padre que para la niña. A partir de entonces Jurado ya no pudo dejar de experimentar con el proceso estenopeico: “me interesó tanto el resultado que continué haciéndolo casi de manera obsesiva. Hubo un momento en que la casa estaba llena de cámaras de cartón, no se podía ni caminar. En el tiempo que hice este trabajo, debo haber construido y desechado cientos de cajas. Hice todos los experimentos habidos y por haber. Empecé así, tenía una serie de imágenes muy variadas: desnudos, naturalezas muertas, paisajes, etcétera, pero nunca tuve el ánimo de mostrarlas…”.

Fue su amigo, el literato Jaime Augusto Shelley, quien le sugirió por primera vez exponerlas, idea que no entusiasmó al maestro: “Tenía miedo de presentar estas imágenes en un momento en que la fotografía estaba totalmente desarrollada. En un país como el nuestro en donde la tradición fotográfica se había volcado más hacia la fotografía documental, a lo social, imagina cómo me sentí cuando iba a mostrar una serie de fotos hechas con cajas negras sin lente, que no hacían sino reproducir escenas con una cierta atmósfera, oníricas, que yo no consideraba fotografías… Bueno, desde el punto de vista técnico sí, porque la fotografía es un proceso físico-químico y punto. Pero desde el punto de vista conceptual, no sabía exactamente lo que estaba haciendo. A mí me gustaban mucho y sabía que eran fotografías, pero estaba influido también por el medio, por lo que por entonces se consideraba fotografía… cuando fui a esa exposición tenía miedo. Miedo de enfrentar un medio que no era el mío, en el que no estaba inmerso, que desconocía. Yo trabajé aislado en mi casa, sin tener ningún contacto con el exterior sobre fotografía. Entonces, de alguna manera, tal vez para curarme en salud —quiero ser sincero, a lo mejor fue eso— le puse “antifotografía”, como para disculparme un poco de lo que iban a ver… ¿Quién iba a entender en un momento determinado, que ése era un principio básico, que eso era algo interesante?”.

En 1973 el cortometraje La cámara de cartón hecho por Carlos Jurado en coautoría con el cineasta Sergio Moreno obtiene el Premio del I Concurso de Cine Científico convocado por el CONACYT.

Pese a sus dudas, la noche del 10 de enero de 1973 se abre la exposición Antifotografía con cámaras de cartón sin lente, con 70 fotografías y varias piezas de cámaras estenopeicas, en el Instituto Francés de América Latina (IFAL) en la colonia Cuauhtémoc de la Ciudad de México. La aclamación de los críticos (entre ellos la influyente Raquel Tibol) fue unánime, y a partir de ahí Carlos Jurado ocupó un lugar prominente en el panorama de la fotografía en México, con múltiples reconocimientos nacionales e internacionales. El mismo Jaime Augusto Shelley, entonces director de Extensión Cultural, invita al pintor a trabajar en la Universidad Veracruzana como director del entonces Taller de Artes Plásticas. Ahí fundará la Facultad de Artes Plásticas y posteriormente la Licenciatura en Fotografía, la primera escuela profesional de esta disciplina en el país.

Ilustración del libro El arte de la aprehensión de las imágenes y el unicornio, de Carlos Jurado.

En 1974 aparece El arte de la Aprehensión de las imágenes y el unicornio, libro editado por el Departamento de Actividades Cinematográficas de la UNAM, con diseño de Rafael López Castro. Su tiraje de mil ejemplares se agotó casi inmediatamente, y durante los 24 años que pasó sin reeditarse se convirtió en objeto de culto y, en palabras del historiador de arte José Antonio Rodríguez, en “acaso el libro más fotocopiado de México”. En 1998 se realizó una edición artesanal de 300 ejemplares a cargo de Ámbar Past, en el Taller Leñateros de San Cristóbal de las Casas, y el 2009 la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas tuvo a bien realizar una edición accesible, de 3 mil ejemplares. En el libro Carlos Jurado combina imaginación, conocimiento y hechura gráfica para contar una fábula que, como todas, tiene un fondo de verdad, y que involucra las aportaciones de magos y alquimistas con el papel de los árabes como puente entre el conocimiento griego y el renacimiento, todo ello aderezado por la figura mítica y sugestiva del unicornio, cuyo cuerno es el único material idóneo para perforar las cajas mágicas que capturan la luz.

Portada del libro El arte de la aprehensión de las imágenes y el unicornio, edición 2009 por la Universidad de de Ciencias y Artes de Chiapas.

Hasta aquí los hechos.

Ahora debo decir, independientemente de la admiración y el respeto que tengo hacia una persona que ha hecho valiosas aportaciones al arte en nuestro país, que nunca me han entusiasmado mucho las fotografías estenopeicas. Quizá porque me parece que mucha de la admiración que despierta se debe a ese fetichismo posmoderno por el “proceso” (en donde la forma de lograr una pieza es más importante que el resultado final) y al lamentable complejo de inferioridad que siempre han padecido los fotógrafos con respecto a los pintores. Desde sus inicios, la fotografía ha sufrido su origen plebeyo, proletario; ha sufrido ser fruto de la producción en masa y el desarrollo mecánico (ahora electrónico). La fotografía, cuya esencia es ser infinitamente reproducible, ha sentido siempre el deseo de ser un original (como la pintura) y no una copia. Los llamados procesos alternativos (antiguos me parece un mejor nombre) no son sino un intento por lograr eso, para posicionarse mejor en el mercado del arte. No es casualidad que la máxima figura de estos procesos en México haya sido un pintor, y es esclarecedor leer lo que cuenta al respecto el mismo Carlos Jurado: “empecé a trabajar en la fotografía, pero con el criterio de un pintor. Yo trataba de hacer imágenes artísticas, nunca traté con la fotografía de hacer un documento social, ni hacer una historia del hombre. Mi concepto inicial desde que empecé con las cajas, era lograr imágenes hasta cierto punto artísticas —no quiere decir que la obra fotográfica no pueda ser artística—, con referentes a la pintura. Esto no se daba de manera consciente. Si era pintor, mi criterio no podía dividirse de una forma tan tajante, en cuanto a cualquier otra forma de comunicación que hubiera elegido. En el caso de la fotografía empecé a hacerla con un concepto, de pintor, pero no uní mentalmente las dos disciplinas. Siempre las consideré aparte. Lo que he podido lograr con mis cajas, no era lo que hacía en mi pintura, ni temáticamente, ni de ninguna otra forma. Posteriormente, cuando ya había transcurrido cierto tiempo, y empezaba a manejar un poco más de técnica fotográfica, llegó el momento que uní los dos conceptos… [aunque] hubo un tiempo en el que toda mi pintura contenía impresiones fotográficas, fotomecánicas”.

Y veamos un fragmento de lo que escribió Raquel Tibol sobre aquella primera exposición de estenopeicas: “La pintura ha sido por siglos una paciente manualidad. Una manera de lograr que la fotografía se pictorice es restituirle tiempo, es quitarle mecánica, es devolverle a la intuición lo que los exposímetros le arrebataron”. Permítanme subrayar esta frase: “una manera de lograr que la fotografía se pictorice”. En la mentalidad de muchos críticos de arte ( y muchos fotógrafos, desgraciadamente) la fotografía no puede cristalizar en arte si no se acerca a la pintura, lo cual para mí es un disparate.

Paisaje con jarrito, Carlos Jurado, 1991.

Debo aclarar que mi crítica no está dirigida al maestro Carlos Jurado, cuyos experimentos con la foto quedan enmarcados en su obra como artista plástico, sino a los fotógrafos que recurren a la estenopeica como un talismán para solventar sus carencias creativas, como un boleto mágico para que imágenes anodinas se vuelven interesantes. El mayor mérito que este tipo de fotógrafos resalta de sus imágenes es, precisamente, haber sido hechas con una cámara artesanal, y para mí el valor de una imagen está contenido dentro de ella,  no en el proceso que la hizo posible. Y hay que aclarar que la fotografía estenopeica no es siquiera el más antiguo o artesanal de los procesos, ya que utiliza película y papeles producidos comercialmente. Hay muchas personas en el mundo que todavía hacen daguerrotipos (proceso bastante peligroso para la salud), ambrotipos, ferrotipos, goma bicromatada, colodión, etc. Se dice que los practicantes de estos procesos buscan una “verdadera individualidad”, frente a la gran masa de fotógrafos que usa procedimientos estandarizados. La verdad es que lo que tiene que ser individual en el trabajo de un fotógrafo es el contenido de las imágenes, no el proceso que sigue para obtenerlas. Cartier-Bresson no era el único que tenía una Leica, pero muy pocas personas en el mundo han sido capaces de obtener imágenes como las suyas con ese proceso. No me imagino a Ansel Adams, Edward Weston o Manuel Álvarez Bravo aprendiendo a hacer daguerrotipos para distinguirse del resto de los fotógrafos. Muy al contrario, ellos usaban lo mejor de la tecnología contemporánea, para crear imágenes que iban de acuerdo al tiempo que les había tocado vivir. Creo que el mayor reto que puede enfrentar un fotógrafo es expresar su individualidad usando las mismas técnicas, procesos y herramientas que usan millones de colegas.

Y es que  la individualidad fotográfica no está en el proceso o los materiales, sino en la mirada.

Estos son mis argumentos sobre el tema. Nadie es dueño de la verdad ni de la última palabra, y estaré en primera fila para escuchar lo que expondrá mañana el señor Carlos Jurado, a quien admiro por su trayectoria íntegra en el mundo del arte. Lo admiro más como artista  plástico que como fotógrafo, pero las diferencias en cuanto a conceptos no son más que una muestra de la prodigiosa diversidad inherente a las imágenes de luz.

Francisco Cubas

Fuentes:

El arte de la aprehensión de las imágenes y el unicornio, Carlos Jurado, 2009 Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas

Carlos Jurado, las formas de la creación, José Antonio Rodríguez, 2010 Universidad Veracruzana

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